Prácticas de conversión: un informe revela cómo siguen operando en Argentina.

Por Jota B. Ponsone

Vuelven a estar legitimadas por el discurso de odio oficial. Aunque están prohibidas, las prácticas de conversión persisten en ámbitos religiosos y familiares, hoy legitimadas por el fuerte discurso de odio oficial. El primer informe de AFDA documenta metodologías, actores y consecuencias. Nota completa en NOTA PAGINA 12


23 de diciembre de 2025 – 

La primera vez que intentaron “sacarle el demonio”, Glenda tenía diez años. La última fue casi tres años después. Durante ese tiempo, su infancia quedó atrapada en un sistema de control absoluto, donde la fe funcionaba como coartada y la violencia como método.

Casi dos décadas después, con 28 años, su abuela volvió a insistir: aunque había dejado de asistir al templo, un accidente cerebrovascular la hizo acercarse a Dios nuevamente y, con él, a la idea de que su nieta estaba poseída. Todavía había algo que corregir. Glenda se negó. Mientras se iba, los pastores ingresaban a la casa de su abuela para practicar las mismas violencias, esta vez con su hermano menor.

Las prácticas de conversión siguen vivas en Argentina. Así lo confirma El camuflaje del odio en Argentina, el primer informe federal elaborado por la Asociación de Familias Diversas de Argentina (AFDA), que releva testimonios, modalidades, actores y consecuencias de estas violencias dirigidas contra personas LGBT+, basado en más de 800 encuestades a nivel nacional, muchas de elles sobrevivientes.

Persisten en un escenario de falta de regulación específica, legitimadas por discursos de odio y sostenidas por estructuras religiosas con escaso o nulo control estatal.

La historia de Glenda no es una excepción: es una de las formas concretas que adopta un fenómeno extendidosistemático y profundamente dañino.

Ser parte de la iglesia evangelista a la que asistía su familia implicaba un control total sobre la vida cotidiana. Muchísimas horas semanales dentro del temploactividades permanentes —sábados y domingos, más dos o tres días durante la semana—, vigilancia constante y una regla clara: no relacionarse con nadie que estuviera fuera de la Iglesia. La familia ocupaba un rol central: eran quienes la llevaban a cada reunión y quienes permitían que todo ocurriera. Según sospecha Glenda, también compartían información íntima con el pastor, utilizada luego en interrogatorios extensos, incluso por pastores brasileños que ella no conocía y cuyo idioma apenas entendía, cuando tenía sólo 11 años.

Las preguntas se repetían cada vez: si se tocaba, en quién pensaba, qué deseos tenía. Pero, sobre todo, una insistencia: si había sido abusada. Los líderes religiosos buscaban una explicación para lo que nombraban como “un espíritu de mujer” en su cuerpo. Algo tenía que haber pasado para que ella fuera así, más femenina, más enérgica en los bailes y cantos de adoración, más predispuesta a la actuación, a la perfo.

¿Qué son las Prácticas de Conversión o las ECOSIEG?

El informe de AFDA denomina a estas intervenciones como prácticas de conversión o ECOSIEG —Esfuerzos de Cambio de Orientación Sexual, Identidad o Expresión de Género— y remarca la importancia de no llamarlas “terapias”. Son intervenciones dirigidas a modificar la orientación sexual, la identidad o la expresión de género de una persona para alinearla con estándares heteronormativos y cisnormativos.

Estas prácticas pueden incluir métodos psicológicos, médicos, religiosos o pseudoterapéuticos. Organismos internacionales de derechos humanos, como las Naciones Unidas y la Organización Mundial de la Salud, han señalado que carecen de validez científica y pueden constituir tratos crueles, inhumanos y degradantes. Nombrarlas de este modo permite visibilizar la violencia que implican y evitar su legitimación bajo discursos religiosos o pseudocientíficos.

Dice el informe: “La mayoría de estas prácticas son actos cargados de violencia, odio y discriminación, concebidos originalmente a mediados del siglo XX como respuesta a lo que se consideraba una patología. Bajo ese paradigma, la heterosexualidad y la alineación entre sexo asignado e identidad de género eran entendidas como la norma biológica, mientras que la diversidad sexual era caracterizada como desviaciónperversión o enfermedad mental que podía curarse o convertirse mediante un supuesto tratamiento”.

En el caso de Glenda, esa violencia fue explícita. La ataban al piso entre varias personas adultas para que no se moviera, con las manos extendidas y los pies juntos, como Cristo en la cruz. La obligaban a tomar aceite de mirra, forzándola a abrir la boca y a tragar ese líquido. Pasaba largas horas en interrogatorios, era observada y señalada. Muchos días quedaba en el centro de círculos de oración, mientras personas adultas pedían que Dios la “curara”.

Los miembros de la iglesia no eran espectadores pasivosParticipaban activamente: la acusabanoraban, la forzaban a ingerir el aceite y la inmovilizaban mediante violencia. El informe de AFDA confirma que este carácter colectivo es una constante: comunidades enteras sostienen estas prácticas, con líderes religiosos como figuras de autoridad y fieles que refuerzan la disciplina y el castigo.

Para sobrevivir, Glenda tuvo que actuar. Con películas de terror como insumo, aprendió a retorcerse, a exagerar el papel que esperaban de ella hasta volverlo insoportable. Fingir se volvió una estrategia de defensa, al menos durante un tiempo.

Los datos revelan que la mayoría de las personas sobrevivientes experimentaron múltiples violencias. La violencia psicológica fue la más reportada (69,42%), seguida por la simbólica (51,24%) y la religiosa (44,63%), lo que evidencia un patrón sistemático de manipulación emocional y uso coercitivo de la religión.

También se reportaron violencias físicaseconómicassexuales y digitales. La violencia sexual, presente en uno de cada cinco casos, señala una dimensión grave dentro de estas prácticas. Entre sus manifestaciones más extremas, aparecen las llamadas “violaciones correctivas”, como forma de coerción y control sobre las identidades LGBTI+.

Los intentos de conversión terminaron cuando Glenda tenía catorce años. En una reunión de la iglesia, se rebeló, expuso secretos, señaló contradicciones y habló con una vehemencia que dejó a todos en evidencia. La familia, atravesada por la vergüenza, dejó de asistir al templo. Con ese retiro forzado, cesaron los “exorcismos”. La tortura, cuando se ejerce sobre otros, siempre parece poca.

La salida definitiva llegó más tarde. A los diecisiete años, Glenda logró la autonomía económica: trabajó en McDonald’s, vivió en una pensión y empezó a construir otra vida. En ese contexto apareció el mundo drag y, con él, el personaje de Glenda. Allí comenzó a tomar forma la identidad que hoy nombra como mujer trans.

¿Cuál es la situación de las terapias de conversión en Argentina?

El informe señala que los principales actores que promueven estas prácticas son líderes religiosos (57,5%) y familiares (51,67%). Las víctimas más frecuentes son personas LGBTI+ jóvenes, especialmente niñeces y adolescencias. Las consecuencias se extienden en el tiempo: ansiedaddepresiónculpaaislamiento y dificultades para construir la identidad.

La autonomía económica es una de las principales condiciones para romper con estas prácticas. También advierte sobre su recrudecimiento en contextos donde los discursos de odio ganan legitimidad pública. El 45,26% de las personas encuestadas dijo conocer estas prácticas en Argentina; más de una cuarta parte afirmó haberlas vivido.

Entre quienes no fueron sobrevivientes pero conocían casos, el 44,95% indicó conocer a una persona, el 39,45% entre dos y cinco, y el 15,60% a más de cinco personas que atravesaron estas experiencias.

Barreras en el acceso a la justicia frente a las terapias de conversión en Argentina

El acceso a la justicia aparece limitado por obstáculos estructurales y subjetivos. Sólo una de cada diez personas intentó denunciar. Las razones incluyen desconocimiento, falta de información, miedo, culpa y dudas sobre la denunciabilidad de los hechos.

Incluso entre quienes denunciaron, las respuestas institucionales fueron mayormente ineficaces. Sólo el 3,85% indicó que su denuncia fue procesada, mientras que muchas fueron archivadas o rechazadasNinguna persona reportó sanciones. El sistema no sólo falla en sancionar, sino que desalienta la denuncia.

“Los datos recolectados dan cuenta del recrudecimiento de estas prácticas y del impacto a largo plazo en las personas sobrevivientes”, concluye el informe. La historia de Glenda confirma que no son hechos aislados ni del pasado. Las prácticas de conversión persisten, mutan y reaparecen. Nombrarlas, documentarlas y escuchar a quienes sobrevivieron no es sólo memoria: es una urgencia política y colectiva.