La cruel historia de James Peterson

La cruel historia de James Peterson es uno de los testimonios más desgarradores de la brutalidad médica y la homofobia institucionalizada de mediados del siglo XX. 

En 1948, tras enterarse de su relación con otro hombre, sus propios padres lo internaron bajo el diagnóstico de “perversión sexual”, autorizando una lobotomía transorbital para “curarlo”. El procedimiento, consistió en introducir pica hielos a través de las cuencas oculares hasta el lóbulo frontal, tomó solo quince minutos pero destruyó permanentemente la personalidad vibrante, artística y apasionada de James, transformándolo en un cascarón vacío que apenas podía seguir instrucciones básicas. Mientras el médico informaba a la familia que la “perversión” había sido corregida, la realidad era que James había sufrido el asesinato de su identidad; ya no deseaba a los hombres, pero tampoco era capaz de pintar, leer poesía o reír de nuevo.

James vivió cuarenta y seis años más en un estado de apatía absoluta, pasando el resto de su vida en un hogar grupal donde seguía rutinas sin expresar jamás un deseo o preferencia propia. Sus padres, tras visitarlo una sola vez en 1949 y ver el resultado de lo que le habían hecho, nunca regresaron, prefiriendo un hijo emocionalmente muerto a uno que fuera homosexual. Fue su novio quien conservó sus registros y la fotografía tomada apenas dos horas después de la cirugía —donde aún se veían las marcas de los instrumentos sobre sus ojos— para donarlos finalmente a los archivos LGBTQ tras la muerte de James en 1994. En su nota de donación, su compañero recordó que, aunque el cuerpo de James funcionó hasta los setenta y cuatro años, el hombre brillante que amaba murió realmente en 1948 bajo el pretexto de un tratamiento médico que no fue más que un acto de odio y violencia sistémica.